Antonio Amaya tiene 64 años, desde 1979 trabaja en Planta Catamarca y hace muchos años que realiza comprometidas iniciativas de voluntariado para la comunidad. Como si esto fuera poco, Antonio es padre de seis hijos y, en el poco tiempo libre que le queda luego de brindarse a su trabajo, su familia y sus tareas como voluntario, también se dedica a estudiar Sociología.

Sin embargo, para conocer los orígenes de esta energía envidiable, debemos remontarnos a su infancia y a los conocimientos que le impartió su primera maestra en la vida, su madre.

“Mi vocación solidaria viene de cuando yo era muy chico, la mejor escuela fue mi madre ya que ella viene de una familia muy pero muy humilde, prácticamente de la indigencia. Su padre murió antes de que ella naciera, y su madre, mi abuela, murió al poco tiempo de dar a luz. Luego, ella y su hermano, mi tío, fueron adoptados por un matrimonio también muy humilde. Ellos no tenían hijos y, sin embargo, además de mi madre y su hermano adoptaron a seis hijos más. Era una familia sin dinero pero con un nivel de afectividad muy elevado. Mi madre sufrió muchas necesidades, pero logró adquirir una sabiduría y una filosofía de vida admirables”, cuenta nuestro voluntario estrella. Pero, a pesar de que la crianza de Antonio no tuvo necesidades, su madre supo contagiarlo de un espíritu altruista único: “Ella nunca olvidó de donde vino y por eso nunca dejó de ayudar a los demás y, gracias a eso, me contagió a mí”, afirma. Antonio fue maestro rural y también trabajó en una parroquia brindando servicios sociales a la comunidad. Luego fue transmitiendo a la empresa las necesidades de aquellas personas carenciadas a las que él ayudaba y, junto a sus compañeros, siempre lograban juntar ropa, comida y juguetes para repartirles. “Era una especie de voluntariado pero de manera informal”, explica.

Luego, con la creación de la Fundación, se convirtió en voluntario y su primera acción fue ayudar en un merendero para chicos de familias indigentes. Hoy, ser voluntario es para él una verdadera pasión. “Creo que todos los colaboradores de la empresa deberían conocer la labor de la Fundación. No se puede amar lo que no se conoce, no se puede contagiar la enfermedad que no se tiene. Hacer esto es bueno para mi y es bueno para los demás”, afirma. Y, a la hora de hablar de gratificaciones, Antonio es claro: “Mi mayor satisfacción es ver la sonrisa de la gente que ha logrado algo que no tenía antes. Y yo, con eso, ya me siento bien pagado.”​